Kanye West y su… ¿campaña presidencial?

Hace apenas unas semanas, el rapero Kanye West ofreció su primer “mitin” en Carolina del Sur, atrayendo inmediatamente la atención de todos con sus extravagantes y poco reflexivos comentarios sobre asuntos tan sensibles en EEUU como los derechos civiles, el aborto o la segunda enmienda.

Echando una simple ojeada a las imágenes del mitin, es obvio que a West no le interesa la política; no tiene una postura solida o realista sobre nada, ni tiene interés alguno en debatir con los votantes o escuchar sus problemas, tal y como demostró al encararse con varios de ellos por no compartir su visión. Por el contrario, West sigue la estela de Donald Trump (después de todo, no podemos olvidar que hasta hace unos meses West era uno de sus mayores defensores y admiradores acérrimos) en el sentido de que simplemente se dedica a dar una opinión (pobremente formada) sobre temas de actualidad candentes, es decir, que generan debate y división en la multitud; seguidamente, y una vez que ha analizado la reacción de la gente, se dedica a hacer vagas e irrealistas promesas sobre los mismos en un sentido u otro, consiguiendo así mantener siempre el foco mediático centrado en sí mismo con independencia de lo absurdo del mensaje que traslada.

Esto quedó claro y patente durante varios momentos del mitin, entre ellos, cuando se dedicó a atacar a la afroamericana Harriet Tubman (considerada una heroína por su ayuda para liberar a esclavos durante el siglo XIX), afirmando sin dar dato alguno que «nunca liberó realmente a los esclavos, sólo los hizo trabajar para otros blancos», o cuando se dedicó a defender que los estadounidenses puedan tener rifles semiautomáticos porque “disparar es divertido”.

En otro momento del mitin, West se echó a llorar mientras comenzaba a criticar el aborto pero, al ver que la multitud se ponía mayoritariamente en contra de su postura antiabortista, cambió sobre la marcha de enfoque y pasó casi de inmediato a defender lo contrario con un argumento como mínimo fantasioso, conceder bastante dinero en efectivo a los padres para que no abortasen, llegando incluso a ofrecer una cifra: “todo el que tenga un bebé recibe un millón de dólares”.

Parece obvio que lo único en lo que está interesado West es en promocionarse a sí mismo, en usar su “campaña” como una plataforma para mejorar su imagen y su marca personal; al fin y al cabo, no podemos olvidar que presentarse a presidente es, en ocasiones, más barato que una campaña de publicidad y marketing viral.

En este sentido, sigue completamente la estela de Donald Trump, que comenzó su campaña presidencial como un altavoz y una plataforma de relaciones públicas y autopromoción egocentrista; y tiene sentido que siga dicha estela ya que, al fin y al cabo, West parece compartir las habilidades y oportunidades de Trump para manipular los mensajes, aprovechar la cobertura mediática gratis y crear una importante legión de fans incondicionales alrededor de sí mismo, sin importarles lo irracional, egocentrista o imposible de los postulados de su líder.

Es imposible saber hasta que punto la conducta de West es calculada, sincera o simple teatro, pero al final del día la verdad es que da igual ya que la atención que atrae le asegura su objetivo fundamental en esta “campaña presidencial” en la que ha convertido su búsqueda permanente de fama y riqueza: la marca Kanye West se hará más famosa e inolvidable si aún cabe a lo largo y ancho del globo.

En definitiva, la idea de que Kanye West tenga posibilidades reales de enfrentarse a Donald Trump en noviembre es desternillante; no obstante, si el destino de este atípico 2020 es convertirse también en el plató de multimillonarios trastornados compitiendo por el control político de la primera potencia mundial, entonces, a unas malas, bien podría resultar divertido.


Imagen de cabecera | Flickr de Super 45 | Música Independiente

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