Las elecciones peruanas: Castillo vs Fujimori

Las elecciones peruanas del pasado 6 de junio van camino de ratificar como ganador a Pedro Castillo frente a Keiko Fujimori. El maestro de escuela rural, del partido marxista Perú Libre, se enfrentó a la heredera de un capital político muy controvertido en el país andino. Su padre, Alberto Fujimori es para unos un salvador de la patria, y para otros, un criminal genocida. Para entender las claves en las que se han desarrollado estos comicios debemos comprender, por un lado, dos realidades fundamentales entrelazadas: la marginación histórica de las poblaciones indígenas y el terrorismo en la década de los 90, y por otro el contexto actual de la política nacional.

Las divisiones geográficas del Perú han tenido históricamente una correlación con sus divisiones étnicas y socioeconómicas, y los movimientos socialistas peruanos, y latinoamericanos en general, siempre han tendido a la reivindicación del mundo rural y de los pueblos precolombinos y sus lenguas -como el quechua-, frente al desprecio de las élites criollas costeras. Desde la creación de la república peruana hasta la proclamación de la constitución de 1979, el derecho al voto en el Perú estaba restringido a los castellanoparlantes, considerando al resto como analfabeto, hecho que efectivamente anulaba la universalidad del sufragio excluyendo de facto a las poblaciones originarias.

Esta desafección respecto al estado costero fue instrumentalizada por los grupos terroristas, cuyos orígenes se sitúan en las primeras elecciones democráticas de 1980, tras el gobierno militar revolucionario de carácter socialista, instaurado en 1968. El objetivo de estas organizaciones -y especialmente de Sendero- de implantar un estado socialista, se perseguía mediante el asedio a las zonas urbanas desde el mundo rural, con el apoyo del campesinado. Sendero Luminoso concretamente surge en Ayacucho, un departamento de la serranía sur colindante con Cuzco, y se define como una organización maoísta, cuyo nombre proviene de publicaciones de un renombrado intelectual marxista peruano de principios del siglo XX: José Carlos Mariátegui, fundador del primer partido socialista del país, y un referente común con el partido Perú Libre.

Alberto Fujimori, peruano y japonés de nacimiento, entra en escena en 1990 cuando gana la presidencia frente a Vargas Llosa, y fija como una de sus prioridades combatir el terrorismo. Bajo su mandato se crea el grupo paramilitar Colina, cuyos integrantes posteriormente serían condenados por crímenes de lesa humanidad, y arrastrarían al propio Fujimori a la cárcel, pero previamente habiendo descabezado a Sendero Luminoso en 1992. En el mismo año Fujimori orquesta un autogolpe disolviendo el Congreso y convocando a elecciones constituyentes de las que emanaría la Constitución de 1993, actualmente vigente; consigue la reelección y aprueba una ley de amnistía de los crímenes de estado cometidos durante la guerra contra el terrorismo, y, posteriormente, en el año 2000, plantea una nueva reelección -en principio inconstitucional-, que fue judicialmente respaldada, y refrendada por una modificación del texto constituyente, permitiéndole un tercer mandato. A lo largo de sus tres gobiernos su figura política se había deteriorado progresivamente, y esta fue la gota que colmó el vaso. Ante un panorama político cada vez menos favorable, acaba presentando su dimisión por fax al Congreso en un viaje oficial mientras hacía escala en Tokio en su supuesto regreso al país, aunque finalmente en 2005 fue apresado, extraditado, y condenado por los crímenes cometidos durante su gobierno.

Retornando al contexto presente, el escándalo de la constructora brasileña Odebrecht ha dinamitado la política del subcontinente, y en el Perú se han visto salpicados varios exmandatarios como Alejandro Toledo -inmediato sucesor de Fujimori-, Alan García -que llegó a suicidarse antes de ser detenido-, y Pedro Pablo Kuczynski -el último presidente electo-. La dimisión de este último elevó al cargo al vicepresidente Vizcarra, que heredaría una guerra abierta entre el poder ejecutivo y el legislativo, que acabó con su vacancia por parte del Congreso bajo la figura de la incapacidad moral. La cámara invistió al presidente del Congreso, Manuel Merino, quien habría intentado involucrar al ejército meses antes en el proceso de vacancia, pero el rechazo mayoritario de la población a su investidura derivó en protestas masivas que se saldaron con dos muertos y más de cien heridos, obligándolo a renunciar tan sólo cinco días después de ocupar el cargo y dando el relevo a Sagasti, actual presidente transicional. El escándalo de Odebrecht también implicó a numerosos congresistas, lo cual perjudicó aún más a la imagen de la cámara. Entre estos congresistas se incluye a la propia Keiko Fujimori, quien llegó a ser detenida preventivamente, pero finalmente fue puesta en libertad para postularse en las pasadas elecciones.

La segunda vuelta de los comicios ha sido para la mayoría de los peruanos una elección entre lo que percibían como el mal menor en un clima de extrema polarización política, evidenciada por unos ajustadísimos resultados entre el candidato de un partido marxista que despierta en muchos el fantasma del terrorismo, y una candidata investigada y heredera de la autocracia fujimorista, y con voluntad de amnistiar -otra vez- a su padre.

Sin embargo, la elección de Castillo aparenta envigorecer un nuevo ciclo de la izquierda en el continente, que empezó por la reelección del Movimiento al Socialismo en Bolivia, y siguió con el renovado triunfo del peronismo en Argentina. Todo ello se suma a la liberación del expresidente brasileño Lula da Silva, anterior a todos estos acontecimientos, y a su intención de postularse para las próximas presidenciales brasileñas de 2022. Su posición aventajada augura su retorno a la presidencia del país más poderoso del continente, y aspira a clausurar una oleada conservadora que se inició con la elección de Trump en 2017. Pero siempre que hablamos de Latinoamérica debemos ser cautelosos. Estaremos expectantes.

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